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Debió instituirse rebasada ya la segunda mitad del siglo XVI en la
iglesia del monasterio de Santa María de Jesús, aprobando sus reglas
fundacionales el señor provisor del Arzobispado, el 15 de junio de 1574 (en
base a esto podemos decir que la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad
junto con la Hermandad de la Veracruz son de las más antiguas entre las
cofradías de penitencia de Lebrija). El reglamento, compuesto por cuarenta y
cinco capítulos, guarda estrecha relación con el de otras cofradías
advocadas al mismo título surgidas al amparo de los frailes carmelitas, como
es el caso de Utrera cuya fundación se produjo en 1560. Según éstas, la
procesión habría de efectuarse el Viernes Santo por la tarde debiendo
figurar en su cortejo el paso del Santo Entierro precedido
por la insignia de la cofradía y el de la Virgen de la Soledad. Sus reglas
diferencia a sus cofrades como de luz y sangre, debiendo acompañar a las
imágenes bien disciplinándose o iluminándolas.
Los
religiosos del convento eran los devotos más fervorosos de la Virgen,
estando también obligados a acudir a la procesión.
Entre
las fiestas más principales que la Hermandad estaba obligada a celebrar
figuraba la festividad de la Transfiguración y Soledad de Nuestra Señora, el
primer domingo después de Reyes, así como la del Dulce Nombre de Jesús y
Nuestra Señora de la Soledad. La Hermandad estaba obligada además a celebrar
las festividades de la Purificación, encarnación, Ascensión y Natividad de
Nuestra Señora.
El
clero lebrijano solicitó al Arzobispo en 1595 el mayor castigo para ella por
desacato al vicario de la villa al prescindir de su autorización para poder
efectuar la procesión de Semana Santa que se verificó incluso adentrándose
en el interior de la Parroquia.
Esta
Hermandad demandó en 1612 a otra establecida por los eclesiásticos de la
Parroquia que, con un título muy parecido, se había fundado en 1604 y sacaba
también el Viernes Santo el paso del Santo Entierro. A pesar de infrigir el
asunto uno de los puntos de las constituciones sinodales dispuestas en 1604
por el cardenal Fernando Niño de Guevara, persistió aquella cofradía gracias
a la influencia de sus cofrades, todos ellos componentes del clero local. Y
estos no sólo consiguieron mantener en pie la cofradía a pesar de efectuar
prácticas muy comunes a la de la Soledad establecida en 1574, sino que
además se valieron para desautorizarla a sacar en procesión el palio que
antaño figuraba cubriendo al Yacente.
Como
anécdota comentar que a mediados del siglo XIX, la Hermandad de Los Dolores
le cede un paso, un manto e incluso las insignias para efectuar la salida
procesional.
El 23
de marzo de 1940, la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad celebra Acta
de Renovación bajo la presidencia del Sr. Cura D. Francisco Ramos Martín,
siendo el número de hermanos de catorce, en memoria de las estaciones de Vía
Crucis.
Durante los años 40 la Hermandad, por adquisición y/o donación, se hace con
gran parte de su patrimonio histórico como respiraderos de antiguo paso de
Nuestra Señora (en desuso desde la adquisición del nuevo paso en el año
2002), manto, candelabros, jarras, cruz de guía, corona y restauración de la
misma, faldones, sayas blancas, banderas y bordados de las mismas, así como
cerámica con la efigie de Nuestra Señora de la Soledad, la cual sigue
colocada en fachada norte (C/ Corredera) de la Parroquia de Santa María de
Jesús. (Donada por Don Miguel Gallego Nuñez).
En
estos años de postguerra se potencia la Hermandad gracias a la labor
desarrollada en su seno por don Ceferino Mendaro Pérez. Empuje inicial que
supo acoger e incluso prolongarlo hasta finales de la década de los ochenta
el nunca olvidado don Luis López de Soria.
A finales de la
década de los ochenta se hace cargo de la Hermandad un grupo de hermanos de
la cofradía con nuevo ímpetu y ganas de trabajar y es a ésta nueva Junta de
Gobierno a los que le toca reestructurar su anticuada fisonomía,
introduciendo ciertos cambios que a la postre resultarían transcendentales,
aunque la Hermandad mantuvo y mantiene en lo externo el espíritu que siempre
la ha caracterizado, cumpliéndose todos los Viernes Santo el fin primordial
de trasladar a Nuestra Señora de la Soledad hasta el Patio de los Naranjos
de la Parroquia de Nuestra Señora de la Oliva al acto de velación para
acompañar a su Hijo que yace en el Santo Sepulcro y, posteriormente,
realizar su recorrido procesional por las calles “apagadas” de Lebrija (por
las calles que pasa se apagan todo tipo de luces artificiales), en la
madrugada del Sábado Santo. Autor: Julio Mayo Rodríguez |